viernes, 27 de enero de 2017

El retrato


En cuanto llegues terminaré de colocar el último retrato que te hice para que te detengas ante él y me preguntes quién es ella. Anónima, es una persona anónima ¿no te parece? Y te alejarás hacia atrás dando un paso, dos, tres mientras centras en tu espalda, con ambas manos, la mochila ocre de piel. 

Te ofrezco entonces una infusión de rosas y la aceptas, nunca te has negado a sostener la loza caliente entre tus manos.

Es una fotografía extraña y de alguna manera me inquieta. Así comienza tu conversación y yo te miraré sin contestar y me acercaré a ti con él de la mano. ¿Es tu hijo?, y te cuento que es mi nieto. Tu pequeño, un niño estancado en este espacio, pero eso aún no te lo diré porque he de esperar a que descubras la verdad en unos minutos porque si lo haces antes de tiempo, sin saber aún quién eres en realidad, saldrás corriendo desconfiada y yo tendré que esperar a que vuelva a amanecer y que este día se repita de nuevo para conseguir avanzar un segundo más en esta historia.

Y sigues hablándome inquieta y paralizándote poco a poco a la espera de oír algo terrible. Es como si esa mujer fuera yo, pero claro, eso es imposible. Y entonces me miras y es cuando oigo: ¿no?

La verdad que es una fotografía misteriosa. Es una mujer que está a punto de subir a un avión que tuvo un accidente. Te lo cuento despacio, casi sin darle importancia porque en este punto, si te asustas te irás y todo comenzará de nuevo.

¿Ella murió? Y te contesto, ahora tranquila, a pesar de tus lágrimas, que aún no se puede saber, porque tu imagen quedó congelada en la foto esperando a que tomes una decisión y poder al fin salir del bucle, de este agujero de gusano que repite, cada día, esta historia hasta que tú un día decidas subir al avión y nos liberes, con tu muerte, de este infierno y a mí se me parta, para siempre, el corazón.