martes, 14 de enero de 2014

Un soplo es la vida


Pues la llevé al restaurante ese que tiene un piano de cola blanco y candelabros plateados sobre los muebles y la barra del bar; y en las paredes hay colgadas fotografías de Marylin, Elvis, Elizabeth Taylor, Marlon Brandon, la Garbo y James Dean. Seguían teniendo en cada mesa una velita blanca con olor a vainilla y  flores frescas de lavanda.

Estos artilugios con ruedas están muy bien, así que la senté y nos fuimos despacio por el boulevard; yo le recogía hojas secas y parduscas de los árboles, de las que había por el suelo y le explicaba a qué especie de ellos pertenecía y acercaba su manita para que acariciase los troncos frescos.

No le dije dónde íbamos pues quería darle una sorpresa.

Eso sí, me encargué de tenerlo todo preparado: la papilla de frutas que olía a manzana y plátano (muy, muy dulce), unas galletas María, unos pañales, el babero rosa de corazones que le gusta y una chaquetita por si le daba frío.

Ya en el local, me senté junto a ella y comencé a darle su comida. Yo me pedí un entrecot a la pimienta verde y un vinico de Jumilla, uno al año no hace daño y, aunque mi paguica es pequeña, era su fiesta de cumpleaños.

A la hora del postre, Mario, el dueño del bar, apagó las luces y trajo una tarta chiquita de merengue llena de bengalas chispeantes y dos velas rojas con forma de números.

Ella fijó la mirada en las llamas como si estuviese hipnotizada. Volvió sus ojos hacia mí y me habló, sí hija, te juro que habló y me dijo:

- Pero, ¡qué viejo estás, Pepe! Hay veces que creo venir del cielo o del infierno, no sé... y ahora te veo aquí a mi lado. ¡Cómo es la vida, Pepe! ¡Qué rápida pasa! Un soplo es la vida.

Tuvimos hijos y sufrimos mucho para darles una carrera y un porvenir y ellos nos dieron cinco nietos. Pasó el tiempo y solo nos visitaban una vez al año ¡van los pobres tan ocupados con sus cosas, trabajan tanto...! No éramos ni felices ni desgraciados y, poco a poco se nos acabó el deseo, el amor y lo peor... hasta la ternura y entre tu butaca y mi sillón, se hizo una grieta, un abismo, y hasta nos molestaba la compañía y el olor.

Recuerdo mi cara siempre amargada y la tuya ausente.

Y yo empecé a perderme y tú dejaste la pesca y te dedicaste a pegar notas por la casa:  en la nevera, en el espejo del baño, en la puerta del armario del dormitorio, en las llaves... 

Ahora te tengo enfrente, me miras como a una niña, me coges de la mano... y te detesto porque lo que quiero es que me toques ¡tócame! ¡tócame como se toca a una mujer! ¡Por Dios…!  Pero ¿en qué momento dejamos de acariciarnos? 

Anda… acércate que llevas unas migas de pan en la corbata… ¿Sabes? a pesar de todo, en este instante de lucidez eres a quien quiero tener cerca. Pero qué viejo estás, Pepe,…no llores, tonto, que los hombres no lloran.

Nena, y eso fue lo que pasó. No te enfades, hija, hay cosas de los viejos que tú nunca entenderías.

Y sí, fui a la residencia, me llevé a tu madre a cenar y de vuelta, me perdí porque yo estoy con también con ese mal y en su próximo cumpleaños me habré olvidado de ella.