jueves, 2 de enero de 2014

El ritual

En la montaña gris y a la luz de una gran hoguera se encontraba, al atardecer, la tribu reunida.

Te plantaste frente al Consejo en la última luna de invierno y solicitaste el ritual para convertirte en guerrero – dijo solemnemente Zulkur, el rey.- Hoy nos sentimos orgullosos de ti y tu familia goza ahora de gran honor.

El Hechicero nos relató con asombro la manera en que aguantaste de pie, cuatro días y cuatro noches sin comer, ni beber, ni dormir.

No te quejaste y ni siquiera hiciste una mueca de dolor cuando tatuaron con hierro candente todo tu cuerpo.

Metimos por tu garganta y nariz unas plumas para que vomitaras tu niñez, impasible mirabas los restos en el suelo.

En tu rostro no apareció ni un signo de debilidad cuando, al oscurecer, entraste en la gruta de la manada de la gran loba blanca, que tanto daño ha hecho a nuestro pueblo.

Al amanecer, cuando llegaron a recogerte, estabas de pie en la entrada de la cueva, portabas las garras de la bestia y de tu boca no escapó ni un lamento a pesar de la herida del terrible zarpazo que cruzaba tu pecho. Jamás nadie había realizado un acto tan heroico y demostraste gran piedad al perdonar la vida de sus cachorros.

Hoy podemos dormir por fin tranquilos. Es un gran día para todos nosotros y nos has liberado de nuestro peor enemigo pero aún así, tenemos normas, costumbres y leyes que no dejan que tú, bella Szuan, seas un guerrero.

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Szuan, un año después, recordaba ese momento y el dolor que sintió ante esas palabras. Dolor incomparable al que ahora le mordía las entrañas mientras escuchaba, a solas en la tienda del jefe, el veredicto del Consejo de Ancianos.

Quedas expulsada de nuestro poblado – dijo Zulkur con voz de hielo- trajiste la desgracia a nuestras casas cuando mataste al gran lobo blanco. Desde entonces la gente no es supersticiosa y cuestiona nuestras decisiones y, por si fuera poco, ya no son necesarios los guerreros que, fielmente, nos obedecían. ¡Vete! Diremos que has muerto y que eres un demonio, un fantasma para nosotros ya que, solo así, volverá la paz y el orden a esta tribu.

Esa noche nadie lloró por ella.

Al amanecer Szuan escuchaba a lo lejos el griterío de la tribu. Sobre su caballo respiró en paz, profundamente; bajo la ladera veía al gentío que, horrorizado, miraba las cabezas empaladas de Zulkur, la del Hechicero y las de los ancianos del Consejo.

Cabalgaba despacio por el valle. La acompañaba una manada de lobos.