domingo, 15 de diciembre de 2013

Taza de letras

Una novela cerrada, una taza llena; el aroma del café y el del libro al pasar sus hojas, el sonido de la calle. Leo sus páginas mientras doy unos sorbitos. Al terminar veo la taza vacía pero mi mente esta llena de letras; cojo un bolígrafo, abro mi libreta y en una hoja en blanco comienzo a escribir.


La idea de "Taza de letras" surge una mañana mientras desayunaba, en el Caffe delle Rose del barrio de Triana, en las Palmas de Gran Canaria. ¿A que solo el cartel ya es sugerente?


Incluso en verano, el calor que desprenden las tazas de café o té recién servidas, me producen cierta calma espiritual; no porque sea yo de espíritu inquieto sino porque esa cálida textura me produce quietud interior... esa paz que necesito para poder leer sin interferencias mentales ni emocionales, sosiego que para mí, no es poco.

Suelo llevar una mochila pequeña (grande no porque acabo llenándola de papeles, botes, trastos...que al final no sirven para nada), en ella meto el libro que llevo en danza, un bolígrafo y una libreta pequeña de color negro.

Hasta ese día, en Triana, no caí en la cuenta de que seguía siempre el mismo ritual: Coloco a la izquierda mi lectura y como soy diestra, la taza a la derecha. Cuando acabo mi bebida cierro el libro y es entonces cuando saco el cuaderno, la pluma y... escribo. Así que sobre la mesa puse los relatos de Alice Munro "Demasiada felicidad" y me tomé mi "cafecito" canario.

Curiosos momentos en los que nuestros pequeños gestos son toda una revelación y el comienzo de un proyecto como este: la imagen de un libro, una taza y después... unas letras inspiradas por el entorno.


Me cubría una sombrilla color arena que me protegía, no del sol, sino de la suave llovizna que regaba la calle ¡qué agradables resultan los chirimiris veraniegos!

Justo al terminar de leer el último relato de la que es, curiosamente, hoy premio Nobel, comenzó a sonar una canción de la Orchestre El Gusto que me hizo sentir no solo en otra época sino también en otras tierras.



Es sorprendente a qué paisajes nos puede llevar la música.

Así que abrí mi cuaderno y dejé que las letras inundaran sus páginas. La música, el agua, el paisaje... dejaron su huella, en la que hasta entonces era una hoja en blanco, sellando con tinta esta historia.


Cerré la libreta, guardé todo en la mochila y partí con esa sensación de vacío que nos queda cuando expresamos la magia con las letras.

Al día siguiente caminé rumbo al barrio de Vegueta, muy cerca de Triana, buscando un rincón;en otra cafetería, "Tamada" para continuar con mi ritual, ese en el que saco un libro, un cuaderno, un bolígrafo y veo la vida pasar al cálido aroma de un café.


Hoy estoy en otra ciudad... y ya tengo algo nuevo que contar.